Toda una vida detestaría contigo II

Hoy he muerto. Estoy ascendiendo cuando siempre había pensado que, en el caso de existir algo, iría directa al infierno. Hay esponjosas nubes y unos rayos dorados me están envolviendo. Me está agobiando un poco tanta celestialidad. Parece el ascensor de un hotel de lujo pero con música más exasperante si cabe. Si lo llego a saber hubiera pecado más. Parece que no fue suficiente el echarle veneno para ratas en las comidas y fingir los orgasmos.
      ¡Por fin! Alguien me recibe.
– Bienvenida al cielo, soy San Pedro – me dice un señor con vestido blanco meneando entre sus dedos unas llaves.
      Me mira, me sonrie, saca de un baúl unas alas y me las cuelga en la espalda.
– Ahora, ¿seré un ángel? – pregunto extrañada.
– Sí, te lo has ganado – responde.
 Creo que se equivoca conmigo, he intentado en multitud de ocasiones matar a mi marido sin éxito, no lo merezco – digo extrañada.
– Sí hija mía, lo mereces más que nadie por soportarle.
Ilustración de Suzanne Woolcott

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